[Rescatado de un folleto de 2006, bastante deteriorado, pero sin duda interesante]

El León de Oro del Festival de Venecia 1951 para Rashomon, de Akira Kurosawa, activó en Occidente el interés por el cine japonés y por las películas de directores que, mucho más que el propio Kurosawa, ya habían llegado a la madurez de sus carreras.

El descubrimiento se concentró en la obra de dos maestros: Kenji Mizoguchi y Yasujiro Ozu. El primero murió en 1956, con más de noventa filmes a sus espaldas. Sus últimas películas, sobre todo Cuentos de la luna pálida de agosto (Ugetsu Monogatari, 1953), ejercieron gran influencia en el cine europeo de vanguardia, que encontró inspiración en su puesta en escena, de gran sobriedad y elegancia, y en la ética de sus dramas y retratos de mujeres, ambientados, la mayoría, en un Japón tradicional. El historiador del cine japonés Donald Richie, destacó en el cine de Mizoguchi una cualidad que la estética nipona define como shibui: elegancia pausada.

La revelación de Mizoguchi implicó una subvaloración de Kurosawa en quien los críticos radicales veían demasiada influencia de la cultura occidental. Sin embargo, Kurosawa sería por décadas un emblema japonés, alternando en sus filmes violencia y poesía.

La otra gran figura de este primer período es Ozu. La prolífica última etapa de su carrera refleja una postura melancólica y pesimista ante la vida, expuesta con una impresionante austeridad formal (larguísimos planos estáticos con la cámara puesta al nivel de los ojos de una persona sentada en el suelo). Sus películas, entre ellas la más famosa, Historia de Tokio (Tokyo Monogatari, 1954), dan vueltas sobre los mismos tópicos: las relaciones familiares, la tensión entre tradición y modernidad.

Tanto Mizoguchi como Ozu dirigieron dentro de un férreo sistema de estudios que garantizaba una enorme producción destinada, sobre todo, al público doméstico. Otro gran director, Mikio Naruse, fallecido en 1969, y con una carrera tan vasta e interesante como la de Ozu o Mizoguchi, fue relegado a un injustificado segundo plano durante décadas, hasta que a mediados de los 80 se revitalizó su legado. Naruse realizó películas de distintos géneros, aunque fue en el drama donde encontró una mayor potencia expresiva. Nubes flotantes (Ukigumo, 1955), Cuando una mujer sube la escalera (Onna ga kaidan wo agaru toki, 1960), Nubes dispersas (Midaregumo, 1967) y La madre (Okaasan, 1952), son títulos destacados de su obra. Como Ozu, aunque sin un estilo tan personal y definido, Naruse realizó cuadros íntimos de la familia japonesa y fue capaz de enfrentar con gran sutileza y capacidad de sugerencia los lados más oscuros de la condición humana.

Las exigencias de mayor libertad creativa y los cambios económicos, políticos y sociales del Japón de la posguerra derivaron en una crisis del sistema de estudios. Directores como Kon Ichikawa, Masahiro Shinoda, Kaneto Shindo, Shoei Imamura, Masaki Kobayashi y Nagisha Oshima se ubican en esta encrucijada entre tradición, modernidad, y exigencia de esclarecimiento y memoria histórica. Del diálogo con la tradición del cine japonés o de la impugnación de la misma, saldrá una cinematografía renovada, en lo que, en consonancia con lo que ocurría en otros países en los años 50 y 60, se conocerá también en Japón como la Nueva Ola (Nuberu Bagu).

De todos los directores es Kobayashi quien lleva más lejos la exigencia de memoria y el enjuiciamiento a la aventura bélica y militarista del Japón imperial, en películas como Harakiri (Seppuku, 1963) y La condición humana (Ningen no joken I-II-III, 1959-1961), impresionante fresco en tres partes que suma más de 9 horas de duración.

Por su parte, el director Hiroshi Teshigahara rodará en 1964 La mujer de la arena (Suna no onna), un sugestivo drama de ecos kafkianos sobre un científico raptado por una mujer en un profundo hoyo de arena; pero serán Imamura y Oshima las figuras más aclamadas de esta Nueva Ola. Imamura extiende su influencia hasta años recientes con películas como La balada de Narayama (Narayama Bushiko, 1983), Lluvia negra (Kuroi ame, 1989) y El Anguila (Unagi, 1997), Palma de Oro en Cannes.

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